En los últimos capítulos de los cuatro Evangelios se registran las palabras de despedida y los encargos finales de Jesús. Sorprendentemente, el énfasis de cada Evangelio es distinto. En el Evangelio de Juan, Jesús le pide tres veces a Pedro: “Alimenta a mis ovejas”. En el Evangelio de Lucas y en el libro de Hechos (escritos por el mismo autor), Jesús manda a sus discípulos: “Quédense en la ciudad de Jerusalén” hasta que el Espíritu Santo descienda sobre ellos en Pentecostés. Por otro lado, Mateo y Marcos coinciden en un mandato urgente: “Prediquen el evangelio a todo el mundo”.
Sin embargo, en el Evangelio de Mateo, el encargo final de Jesús describe de manera mucho más concreta y profunda cuál es la verdadera misión del discípulo. A esto lo conocemos históricamente como La Gran Comisión. Pero antes de dictar esta misión, Jesús establece una premisa inquebrantable: “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra” (v. 18). Aquel que demostró ser el Hijo de Dios mediante su vida y que venció el poder de la muerte, ahora ostenta la autoridad absoluta del universo. Y es con el respaldo de este poder soberano que el Señor nos confía a nosotros, sus discípulos de hoy, esta Gran Comisión.
El Propósito de la Enseñanza: Vivir la Verdad, No Solo Saberla
¿Cuál es, entonces, la misión que hemos recibido? En primer lugar, debemos “hacer discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. En segundo lugar, Jesús ordena: “Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado”.
Como cristianos, debemos hacernos una pregunta crucial: ¿Cuál es el verdadero propósito de la enseñanza bíblica? El propósito no es la mera acumulación de conocimiento intelectual, sino lograr que la Palabra se guarde y se viva en el día a día.
Al darnos esta tarea, Jesús nos deja una promesa eterna: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (v. 20). El Señor no nos arroja al mundo de manera irresponsable; nos promete su presencia constante. No dice que estará con nosotros “a veces” o “cuando se acuerde”, sino “siempre”, y no solo por un siglo o un milenio, sino hasta el fin de la historia. Aunque Jesús ascendió al cielo, cumple esta promesa hoy a través de la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas.
El Peligro del Legalismo Seco frente al Amor Encarnado
Trágicamente, la iglesia contemporánea a menudo falla en este punto. Somos excelentes enseñando las doctrinas, pero deficientes al momento de obedecerlas y practicarlas. Jesús enseñó con el ejemplo, encarnando cada palabra. Sin embargo, muchos cristianos modernos descuidan las enseñanzas esenciales del amor y se obsesionan, de manera casi patológica, con formalismos rígidos y legalismos religiosos.
Guardar el Día del Señor es de suma importancia. Sin embargo, Jesús demostró que el amor y la misericordia hacia el ser humano están por encima de la rigidez de la norma. A pesar de las feroces críticas de los fariseos y los sacerdotes, Jesús sanaba a los enfermos en el día de reposo. Cuando sus discípulos sintieron hambre y arrancaron espigas para comer, los fariseos los condenaron de inmediato. Pero Jesús se identificó con el dolor y la necesidad de los hambrientos. La perspectiva de Jesús nunca fue la fría ley escrita, sino la compasión y el amor incondicional hacia el ser humano.
El legalismo que condena al prójimo suele nacer de una mente estrecha y prejuiciosa. La verdadera enseñanza de Jesús consiste en alimentar al hambriento, dar de beber al sediento, establecer la justicia para los vulnerables y mirar con profunda piedad a los enfermos. Jesús perdonó incluso a los pecadores más señalados cuando mostraron un corazón arrepentido. Su vida fue un monumento a la gracia.
Por el contrario, los religiosos de su época buscaban el más mínimo error en las personas para tacharlas de “pecadoras”, aislándolas de la sociedad y destruyendo sus vidas. Expandían los rumores, magnificaban las faltas y expulsaban a los débiles. Para no caer en este mismo error destructivo, la iglesia de hoy debe comprender con urgencia qué es lo que realmente le importa al corazón de Dios.
“Vayan”: Una Orden de la que Somos Objeto, No una Opción
La Gran Comisión de Jesús comienza con una palabra clave: “Vayan”. Hemos escuchado cientos de sermones sobre hacer discípulos, bautizar y enseñar. Sin embargo, la acción que la iglesia de hoy menos practica es, precisamente, el “ir”. En español, la palabra “vayan” puede sonar como una simple sugerencia de camino, pero cuando analizamos el texto original en griego, descubrimos un misterio transformador.
En este pasaje, todos los verbos principales —”hagan discípulos”, “bauticen”, “enseñen”— están en voz activa. Esto significa que nosotros somos los sujetos que decidimos y ejecutamos activamente esas tareas. Sin embargo, el verbo “Vayan” (Poreuthentes) es un participio pasivo. No es una acción que nace de nuestra propia iniciativa humana o comodidad; es una realidad en la que ya hemos sido capturados y movilizados por el Espíritu Santo. No hay espacio para la elección personal. El “ir” es una condición existencial para todo aquel que se llama cristiano.
No podemos hacer discípulos, no podemos bautizar a las naciones ni podemos enseñarles el amor de Dios si no nos movemos primero hacia donde ellos están. Ir es un mandato absoluto.
Esta fue la marca distintiva de la iglesia primitiva: ellos no esperaban sentados a que la gente llegara al templo; ellos salían al encuentro de los no creyentes. Vivían de tal manera que el mundo pagano, al ver su testimonio de amor y entrega, sentía un deseo profundo de conocer a su Dios. En el Imperio Romano, decidir seguir a Cristo equivalía a arriesgar la propia vida en el coliseo. A pesar de eso, el número de creyentes crecía de forma exponencial porque la iglesia era fiel al mandato de “ir”.
La Decadencia Institucional de la Iglesia
¿Cuándo comenzó a debilitarse este fuego de la iglesia primitiva? La historia nos muestra un punto de quiebre en el siglo IV, cuando el emperador Constantino legalizó el cristianismo y, posteriormente, el Imperio Romano lo adoptó como religión oficial. Hasta ese momento, bajo la persecución, la iglesia crecía sana y poderosa en el espíritu. Los cristianos arriesgaban todo por entrar en el tejido de la sociedad.
Pero cuando el cristianismo se convirtió en la religión del Estado, todo cambió. La gente ya no iba a la iglesia por convicción, sino por decreto gubernamental y conveniencia social. Las masas se agolparon en los templos sin entender realmente el costo del discipulado. Como los templos se llenaban solos, la iglesia se volvió perezosa y cómoda: ya no había necesidad de “ir” al mundo.
La iglesia se enfocó en construir catedrales monumentales, acumular riquezas inmensas y competir por títulos eclesiásticos, posiciones de honor y prestigio político. La institución floreció en números y finanzas, pero el espíritu se corrompió. Perdió su pureza. El crecimiento ya no era obra del Espíritu Santo, sino del poder civil y humano, dando paso a una larga época de oscuridad espiritual.
El Desafío de la Iglesia de Hoy: Volver a Encarnarse en el Mundo
¿Qué ocurre en nuestra época actual? Hoy vemos las consecuencias de habernos quedado sentados. Muchas iglesias tradicionales e históricas en Occidente, que alguna vez estuvieron llenas de gloria, finanzas estables y multitudes, hoy están envejeciendo y cerrando sus puertas de manera acelerada. Nos acomodamos en los logros del pasado, dejamos de sacrificarnos y dejamos de “ir” hacia los que no conocen a Cristo. Como resultado, la iglesia global ha comenzado a perder su fuerza vital.
La historia demuestra con claridad que la iglesia solo florece cuando obedece radicalmente la orden de “Ir”. E “ir” significa cruzar la línea e introducirse en medio de aquellos que rechazan o no conocen a Jesús. Para hacer esto con éxito, debemos encarnarnos en su realidad: entender quiénes son, escuchar sus dolores, conocer sus dudas y comprender cómo piensan.
Este es el modelo de la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo. Él no nos salvó desde la distancia segura de su trono celestial; de manera humilde, se introdujo en este mundo humano lleno de egoísmo, soberbia y heridas. Jesús caminó en nuestra tierra mostrando sanidad, restauración, perdón, reconciliación y sacrificio extremo.
El mandato de “ir” nos exige meternos de lleno en los problemas y dolores de las nuevas generaciones. Si no hay un movimiento real de la iglesia hacia el sufrimiento del mundo secular, el futuro de nuestras comunidades será sombrío. La razón de la debilidad de la iglesia actual es evidente: nos hemos encerrado en nuestras cuatro paredes mientras el mundo afuera sangra.
El exsecretario general de la denominación PCUSA, el reverendo Gradye Parsons, afirmó una vez con sabiduría que si la iglesia desea recuperar la esperanza en este siglo, debe resolver con urgencia dos grandes dilemas:
- ¿Cómo podemos compartir nuestra fe de manera relevante con los que ya están adentro?
- ¿Cómo podemos aprender a escuchar, con humildad y atención, las historias de aquellos que jamás pisarían una iglesia?
Queridos hermanos y hermanas, “Vayan” no es una opción de nuestro calendario eclesiástico; es la razón de ser de la iglesia. No importa cuántos programas de discipulado organicemos hacia adentro; sin el movimiento de “ir” hacia afuera, nada de esto tendrá impacto eterno.
Jesús nos llama hoy a romper la comodidad, a cruzar las fronteras de la cultura y el idioma, y a caminar hacia el corazón de nuestros vecinos, de los estudiantes universitarios y de los inmigrantes que viven en la soledad de una tierra extraña. Seamos esa iglesia encarnada que el mundo necesita ver. Que la gracia, la presencia y el poder del Espíritu Santo nos acompañen en este viaje hasta el fin del mundo. ¡Amén!